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"Fascistas y golpistas" • Aníbal Malvar • 24  NOVIEMBRE, 2018

Fa03197f56ebf9925cc2dafd15ac6df5 JAL  •  25/11/2018  •    1 Comentario  • 

"Con la fineza y altura intelectual que los caracteriza, nuestros diputados electos han decidido dedicar esta semana sus miríadas de neuronas a dejarnos una frase para la historia: “Cada vez que tú me llames golpista, yo te llamaré fascista”. Que la sencillez expositiva del aserto no confunda de su profundidad. Ni de su carga histórica. Lo ve bien Jorge Bustos en su columna sobre la sesión parlamentaria de este miércoles en El Mundo, donde habla de “la vileza parlamentaria de esta bochornosa hora española en la que solo la ausencia de pistolas nos distancia de los años 30”.

Yo no sé si en Catalunya hubo o no golpe de Estado. Y no se me malinterprete. No lo sé porque no está nada claro, hoy día, el concepto de golpe de Estado. Si lo de las urnas del 1-O puede ser considerado tal, sin ejército ni otra violencia que la policial (salvo un sillazo, que se haya visto), yo creo que también podrían entrar dentro de la definición golpista la amnistía fiscal anticonstitucional del PP a delincuentes, narcos, corruptos y estafadores; o el rescate a la banca a costa de la vida y el futuro de muchos trabajadores; o el saqueo gürteliano de esa “organización criminal” (palabra de juez) llamada Partido Popular. Hilando tan grueso, el adjetivo golpista se podría aplicar casi a cualquiera.

Lo que sí sé es que algún partido de nuestro arco parlamentario sí puede calificarse, si no de fascista a secas, sí de filofascista. O de fascionostálgico. Me remito a la historia. El PP, antes AP, fue fundado por el fascista confeso Manuel Fraga, ministro del dictador fascista Francisco Franco. Fraga sigue siendo aclamado por las filas populares con impudor democrático. Nunca ha sido tratado ni por los suyos ni por sus rivales políticos como lo que fue: un fascista. Ni siquiera en los convulsos años ochenta parlamentarios. Esa fue la gran victoria del franquismo: poner a los antifranquistas a lavarles la ropa sucia, sus banderas manchadas de sangre.

Por esta regla de tres, también se podría calificar a los populares de filonazis, pues filonazi fue el gobierno de Franco, que mandó a parte del ejército español a defender a Adolf Hitler en su cruzada asesina. Y el propio Fraga, ya como presidente de la Xunta, prologó, financió con erario público y distribuyó por las bibliotecas gallegas una de las obras más vergonzosas del pensamiento español de las últimas décadas: La mentira histórica desvelada, de Juan Luis Beceiro. Este estudio sostenía que el holocausto nazi era una invención. Con dos esvásticas. [Leyendo entre líneas: "Con dos esvásticas" quiere decir: ¡Con dos cojones! que es la expresión que se suele usar coloquialmente, cuando alguien miente descaradamente e incluso deja la mentira por escrito, como es el caso de Fraga que se menciona.] Mientras el PP no se despegue de la icónica sombra de Fraga, supongo que podremos permitirnos la licencia poética de llamarlos fascistas, franquistas y filonazis. Son ellos mismos los que enarbolan estas tres enseñas en su acta fundacional (ya he escrito aquí alguna vez que Fraga fundó AP entre gritos de Viva Franco).

Contestando a Bustos, en El País escribe Josep Ramoneda que la “derecha ha optado por la vía del griterío”. Y también, con elegante velo, alude a aquel falso consenso constitucional que tuvo como demiurgo al momio aun caliente de Franco. Para Ramoneda, la crispación de hoy procede de “el desinterés por resolver las cuestiones que la transición había dejado pendientes”. Ítem más: “Hay pendiente una compleja tarea de recomposición política, cultural y social y para ello se requiere construir puentes en múltiples direciones, y la derecha está muy embravecida”. A buen entendedor.

En La Razón, Sabino Méndez nos aclara que “no por el mero hecho de llamar fascista a alguien significa que lo sea”. Por supuesto. Pero, ya se ha dicho, es la propia historia la que justifica el adjetivo en algunos casos, en algunos partidos.

Jesús Lillo medita también sobre el asunto en ABC. “De todo lo visto, oído y salivado ayer en el Congreso, que fue mucho, lo peor quizá fueran las palabras de Ana Pastor. La presidenta de la Cámara Baja […]  estableció una equivalencia entre los calificativos de «golpista», puramente descriptivo cuando se utiliza para referirse a los actores de la trama separatista, y «fascista», insulto y paradoja al que recurren quienes no ven la viga del totalitarismo en su propio ojo”. O sea: golpista es casi cariñoso mientras que fascista es un insulto.

Lo cual que en estas andamos, dedicando nuestro sudor político a un debate que creemos semántico y no lo es. Es algo más. ¿Pero, a qué español de bien le interesa la historia de España? Yo creo que está bien que unos se llamen golpistas y otros fascistas en el hemiciclo. Pero, coño, que al menos se insulten con propiedad. Y con un poquito más de imaginación. Los parados, los desahuciados, los pensionistas y los enfermos sin cama se lo merecen.”

https://blogs.publico.es/repartidor/2018/11/24/fascistas-y-golpistas/ 

 

Saludos.

Pedagogía información JAL opinión debate

Comentarios (1)


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GPérez2  • 

El problema son los mutuos procesos de infiltración, por otro lado, inevitables en el continuum de una lucha larguísima y que seguirá siéndolo... yo aún sin considerarme específicamente de izquierda tengo un lema que considero un clásico casi atemporal, ese que reza: ¡vosotros fascistas sois los terroristas! ;)

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